Cuando apareció en 1959, el Mini clásico era una excentricidad: un pequeño deportivo que competía en inferioridad de condiciones. Pero el constructor de Fórmula 1 John Cooper supo ver más allá del pequeño tamaño para reconocer su increíble equilibrio, su gran anchura y su enorme maniobrabilidad. El resultado fue que el Mini dominó el mundo de la competición en la década de 1960, venciendo en Monte Carlo cuatro años consecutivos.